Se congeló bajo las sábanas. El sonido se repitió: clanc, clanc.
"Hay un ladrón", pensó con el corazón en la garganta.
Como todo adulto responsable y valiente del siglo XXI, Alberto no llamó a la policía ni buscó un bate de béisbol.
En su lugar, agarró lo primero que encontró en la mesa de noche: un calcetín usado y un termo de café vacío. Armado con su letal arsenal, comenzó a avanzar por el pasillo en puntas de pie, conteniendo la respiración.
La adrenalina corría por sus venas.
Se asomó lentamente por el marco de la puerta de la cocina, listo para enfrentar al peligro. La silueta del intruso se recortaba contra la luz de la calle. Era una figura ágil, agachada sobre la encimera, revisando meticulosamente los restos de la cena.
Alberto tomó aire, levantó el termo y gritó con voz de guerrero espartano:
—¡Quieto ahí, infeliz! ¡Te tengo rodeado!
El "intruso" dio un salto de dos metros en el aire, soltando un maullido aterrador que sonó como un demonio en apuros.
No era un peligroso criminal. Era Bigotes, el gato de la vecina, que se había colado por la ventana abierta y acababa de tirar una olla al suelo.
Pero el verdadero problema no fue el gato.
El grito de guerra de Alberto fue tan fuerte y horroroso que despertó a su propia esposa, que venía armada con una pesada lámpara de mesa desde la sala.
Al ver una silueta agitando un termo en la oscuridad de la cocina, ella no lo dudó: le lanzó la lámpara directamente a la cabeza.
Minutos después, la luz de la cocina por fin se encendió. Alberto estaba sentado en el suelo con un chichón enorme en la frente, su esposa le ponía una bolsa de chícharos congelados mientras se disculpaba entre risas histéricas, y Bigotes, sentado pacíficamente sobre el refrigerador, los miraba a los dos con profunda superioridad, lamiéndose una pata como diciendo: "Humanos... qué dramáticos son".

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