En un pueblo polvoriento, donde las noches parecían más largas que los días, vivían Pancho y Lucho, dos inseparables borrachitos que siempre terminaban la jornada en la vieja cantina El Susurro del Diablo. Nadie sabía si el nombre era broma o advertencia, pero ellos juraban que las paredes hablaban… aunque quizá era el mezcal.
Aquella noche, la luna estaba tan grande que parecía un ojo vigilante. Pancho, con su sombrero ladeado, dijo entre risas:
—Lucho, ¿tú crees que es cierto eso de que aquí se aparece la Dama de los Faroles?
Lucho, tambaleándose, respondió:
—¡Bah! Puras historias pa’ que uno no se quede hasta tarde…
Pero justo entonces, la puerta de la cantina se abrió sola. Un aire frío apagó las velas y, en la penumbra, una figura alta, envuelta en un manto de luz amarillenta, entró flotando. No caminaba: se deslizaba, como si no tocara el suelo.
Pancho tragó saliva. Lucho, en cambio, levantó su vaso y dijo:
—¡Señora, si viene por mezcal, aquí sobra!
La figura se acercó y, con voz que sonaba como campanas lejanas, susurró:
—Búsquenme donde el río canta de noche… o el pueblo olvidará su nombre.
Y desapareció, dejando un farol encendido sobre la barra.
Los dos se miraron. Entre el miedo y la curiosidad, decidieron seguir la pista. Tropezando y riendo, llegaron al río. Allí, el agua murmuraba una melodía extraña. En la orilla, encontraron una botella antigua, sellada con cera roja. Al abrirla, un destello iluminó todo el valle y, por un instante, escucharon risas y música como de fiesta lejana.
Al volver al pueblo, la cantina estaba llena de gente celebrando, como si nada hubiera pasado. El farol seguía sobre la barra, pero ahora su luz era cálida, acogedora.
Pancho y Lucho nunca supieron si fue un sueño, un milagro… o simplemente el mezcal más fuerte de sus vidas. Pero desde entonces, cada vez que alguien nuevo entra a El Susurro del Diablo, ellos guiñan un ojo y dicen:
—Si la Dama de los Faroles te habla… ¡síguela! La fiesta vale la pena.
Moraleja: A veces, incluso en medio de la confusión y la risa, la vida te pone frente a momentos mágicos. No importa si llegas tambaleando o firme: lo importante es tener el corazón abierto para seguir la luz… aunque venga de un farol misterioso.

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